El último asesinato de alias ‘El Paisa’

No se pudo aguantar las ganas de segar una última vida. Iván Darío Soto tenía que morir.

El pasado 5 de agosto, a las 11 de la mañana, dos milicianos cumplieron la sentencia. Le dispararon diecisiete tiros en Balsillas (Caquetá).

Dejó tres niños huérfanos y a su mamá sin hijos. Su único hermano pereció a los 18 años ahogado en un río.

El autor intelectual del crimen es conocido en varias partes de Colombia donde dejó su huella sanguinaria como el ‘Paisa’, jefe de la columna móvil ‘Teófilo Forero’.

Será difícil que admita el asesinato, ningún testigo se atreve a declarar ante las autoridades para ponerlo contra las cuerdas, y tampoco la familia quiere hacerlo. Consideran que es un riesgo y de poco serviría.

Aunque está denunciado el asesinato y existen pruebas que lo condenarían, la justicia es invisible en esas partes del Caquetá que lleva decenios bajo la ley del silencio.






Alias el Paisa

Hernán Darío Hernández, alias el 'Paisa', miembro de las Farc.



Tan ausente es la autoridad legal, que el día que lo mataron, la Fiscalía argumentó problemas de orden público para no hacer el levantamiento del cadáver. Y eso que estaba vigente una tregua unilateral decretada por las Farc, único grupo armado que hay en la población y amo absoluto de ese territorio.

Debió ser la propia familia, que reside en Neiva, a hora y media de distancia por una vía que suele taponarse en invierno, la que fuera a recogerlo. Y la Junta de Acción Comunal la encargada de redactar un acta de defunción.

Hay un Batallón del Ejército en el mismo Balsillas, pero los entes judiciales no debieron considerarlo suficiente escudo protector.

¿Por qué quería matarlo el ‘Paisa’ justo antes de formalizar su reintegración a la sociedad?


Se encontraba en esas fechas en La Habana, había viajado para incorporarse a la delegación de las Farc, y sabía que celebrarían la Décima Conferencia guerrillera para oficializar el compromiso de la organización armada con la paz.

Esta es la historia que me contó Iván Darío Soto junto a otros datos que pude reunir.

Nos conocimos por casualidad hace varios años en un enorme derrumbe que cortaba la vía que une Balsillas, vereda de San Vicente del Caguán, con Neiva. Toneladas de tierra habían tapado por completo la carretera y unas máquinas trabajaban para abrir el paso.

Estudió Administración de Empresas y Comercio Internacional, aunque no terminó ninguna carrera, y le gustaba estar al tanto de la actualidad.

Al reconocerme por la foto de mi columna de EL TIEMPO, me saludó y conversamos.

Ese primer encuentro dio lugar a que conociera episodios de su vida, bajo la condición de que no los contara porque lo pondría en peligro. Era un hombre abierto, simpático, entusiasta, pese a una existencia jalonada de tragedias.

En 1999 perdió a su hermano, ahogado en el río Balsillas; a su papá, asesinado por paramilitares, y a un tío muy cercano en un accidente de tránsito. Pero había logrado levantarse de los golpes, miraba el futuro con ánimo, cargado de sueños.

Al no poder trabajar en empleos relacionados con sus estudios por la escasez de fuentes laborales, se empeñó en sacar adelante la finca ganadera y agrícola que había heredado de su papá.

Estaba enclavada en el corazón del territorio de la ‘Teófilo Forero’, entre el Caquetá y el Huila, pero no avizoraba riesgos. Era un alma buena, optimista por naturaleza, que detestaba las confrontaciones por pequeñas que fueran.Por su talante pacífico y su vida transparente, se creía a salvo.

Iba a la finca y volvía a Neiva, donde residía. Saludaba a la guerrilla con su amplia sonrisa si se la encontraba y a los soldados cuando lo paraban en los retenes del Ejército. Era consciente de que vivía entre dos fuegos, como cientos de miles de campesinos, y se acostumbró como ellos a caminar por en medio, sin acercarse a ninguna orilla.

Disfrutaba la vida a pesar de las estrecheces económicas que siempre padecía, no se quejaba y más bien daba la mano al que se lo pedía. Una de sus pasiones eran los caballos, adoraba las ferias, acudía a todas las que podía en Caquetá y Huila.

Por alguna razón que nunca alcanzó a comprender, un buen día alias el ‘Paisa’ lo condujo a su campamento a la fuerza.

Unos guerrilleros lo asaltaron cerca de su finca, lo amarraron y lo trasladaron hasta la guarida del jefe subversivo.

Iván Darío recordaba con horror el paso por un río caudaloso con las manos atadas. Corría el mes de diciembre del 2012.

Le preocupaba el súbito interés del poderoso ‘Paisa’ por un citadino sin importancia, con mucha familia en la región, reconvertido en agricultor por falta de oportunidades y avatares del destino.

Encontró a un comandante agresivo, que le acusaba de “sapo” sin pruebas ni argumentos, de estar vendido al Ejército y ser su informante, y ordenó amarrarlo a un árbol. Eran tiempos en que la paranoia se había apoderado de numerosos jefes subversivos. Las Fuerzas Militares asestaban frecuentes golpes a las Farc con la ayuda de jóvenes guerrilleros desmovilizados, y algunos comandantes creían ver espías por todas partes.

El ‘Paisa’, según cuentan personas de su entorno que dejaron las armas, ordenó numerosas purgas internas y asesinatos de civiles.

Los militares lo pusieron en su punto prioritario de mira, le respiraban en la nuca para apresarlo o darle de baja, y se había salvado de milagro en cinco oportunidades por lo menos. La recompensa de dos mil millones de pesos por información que ayudara a su captura, incrementó su temor a delaciones.

Ordenó eliminar a varios que intentaron desertar y a quienes pensaba que podían sucumbir a la tentación de echar mano a una cifra tan jugosa. Llegó al punto de mandar asesinar a toda la familia de un ajusticiado. Decía que no podía dejar uno solo vivo porque podrían vengarse en el futuro.

Uno de sus escoltas manifestó que había optado por jugarse el pellejo y escapar porque vio fusilar a uno de sus compañeros, apodado el ‘Huevo’, hasta entonces persona de confianza del jefe, por sospechas de “sapo”.

Durante un tiempo fueron frecuentes las informaciones que hablaban de que estaba herido grave o muerto, para reaparecer después como si nada.

En uno de los operativos murió la ‘Pilosa’, su compañera de los últimos años. Esa muerte lo desconcertó y empezó una cacería de brujas a fin de vengarla.

Tortura


Atado varios días, a pleno sol o bajo la lluvia, Iván Darío pensaba en los suyos y en la injusticia de estar sometido a esa tortura. Confiaba en que averiguaran bien y lo soltaran pronto. Jamás pasó por su mente participar de manera directa en el conflicto armado, bastante había sufrido. Y, menos aún, jugar a ser espía de nadie.

Pasada una semana en la que analizaron hasta su cuenta corriente y descubrieron que no tenía más de veinte mil pesos, el ‘Paisa’ lo dejó marchar.

Iván Darío creyó ver en ese gesto un fallo absolutorio. No podía ser de otra manera, solo era una persona correcta que trabajaba en zona roja, harto de la violencia.

De aquélla amarga experiencia, de la tortura sufrida, le quedó al principio un cierto miedo por la arbitrariedad del comandante.

Seguía yendo a la finca, pero se impuso restricciones. Evitaba que la noche le atrapara en los caminos, no avisaba de su llegada, no pisaba ciertas localidades como Balsillas en donde los milicianos abundan.

El paso de los meses y años fue borrando los temores, las aprensiones, e Iván Darío terminó creyendo que las sospechas infundadas quedaban atrás, que el ‘Paisa’ estaba seguro de su neutralidad y no volvería a molestarlo.

El proceso de paz que avanzaba en La Habana afianzó su confianza y solo mantenía unas pocas medidas precautorias. Los rumores que le llegaban en ocasiones de que continuaba en el punto de mira del ‘Paisa’, los ignoraba.Hasta dos meses antes de su muerte.

Le preocupó comprobar que le seguían los pasos, pero no dejaba de decirse a sí mismo que la paz a punto de firmar era su mejor escudo, que no se atreverían a atacarlo.

El 5 de agosto fue al casco urbano de Balsillas, reino absoluto del ‘Paisa’, que llevaba meses sin visitar porque alguien le citó para un trabajo.

Recorrió el trayecto en su moto desde Neiva y después de departir con algunas personas, se dirigió al montallantas que queda a la salida hacia San Vicente del Caguán, a un kilómetro del caserío.






En este montallantas de la vereda Balsillas, de San Vicente de Caguán, milicianos de las Farc mataron a Iván Darío Soto.

En este montallantas de la vereda Balsillas, de San Vicente de Caguán, milicianos de las Farc mataron a Iván Darío Soto.



Estaba agachado, con un destornillador en la mano para apretar una tuerca, al lado del mecánico, cuando se acercaron dos milicianos armados, a bordo de una moto.

Uno le llamó y en cuanto Iván Darío se paró, descerrajó varios disparos a quemarropa, sin mediar palabra; el segundo sicario le remató con seis tiros en la cabeza. El mecánico quedó paralizado por el miedo y asegura que no recuerda caras ni detalles.

Fueron diecisiete disparos y ningún lugareño oyó ni vio nada por la distancia con el centro poblado y porque en esos lugares donde la justicia es una convidada de piedra y nada se escapa al control del ‘Paisa’, es preferible ser ciego y sordo para sobrevivir.

El Batallón y el retén que montan los militares queda lejos, a dos kilómetros por la salida a Neiva, en el lado opuesto. El crimen estuvo muy bien planeado.

“Te arrancaron sin misericordia de mi lado, me dejaron inmensamente sola y triste. Donde estés, estaremos recordando tu inmenso corazón, tu bondad y amor por los desprotegidos, por los vulnerables”, escribió esta semana en un recordatorio en ‘La Nación’ del Huila su mamá, Esperanza Barón, que declinó la entrevista con este diario.

Espera clavar una cruz con el nombre de su hijo en el punto del pueblo donde le asesinaron, para que no se olvide que en ese lugar segaron la vida de un inocente.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
FUENTE ELTIEMPO.COM
Balsillas (Caquetá).

Nación